la primera cana

Me planto; no pienso cumplir ni un año más. Con treinta y tres me basta y me sobra.

Katherine Hepburn tenía razón: cada año que pasa la tarta de cumpleaños se parece más a una procesión con antorchas.

Quizá debería seguir el consejo de Agatha Christie y empezar a buscarme un arqueólogo. Una vez le preguntaron qué se sentía al estar casada con uno, y ella respondió que un arqueólogo es el mejor de los maridos posibles, porque cuanto más envejeces, más te aprecia.

Así debería ser. Los amigos más queridos son aquellos que más penas y alegrías han pasado con nosotros, el mejor vino el más viejo, nuestros vaqueros favoritos los más gastados… Las mujeres, en cambio, parece que tengamos fecha de caducidad.

Las canas no le restan atractivo a Sean Connery, Richard Gere, o al ex primer ministro japonés, Jun’ichirō Koizumi, que es como el clon oriental de este último. Un hombre con canas es un “maduro interesante”. Sin embargo, nunca he oído a nadie hablar en esos términos, por ejemplo, de la cabellera plateada de Jane Goodall, Helen Mirren o Lauren Bacall.

Y éste no es un asunto menor, ni mucho menos, porque la aparición de las primeras canas nos hace pasar por una pequeña crisis al común de las mujeres. Para mí, que a veces me siento un poco como Peter Pan, el niño que no quería crecer, el día en que descubrí mi primera cana fue como ese sueño tan vívido en el que caes por un precipicio y te despiertas sobresaltada.

Era lunes, un día como otro cualquiera, o al menos eso parecía, porque en realidad… En realidad era uno de esos días que se disfrazan de días normales para luego, cuando estás desprevenida, darte la bofetada. El caso es que estaba yo peinándome, cuando de repente vi algo extraño en el espejo, como un destello blanquecino en mi cabello castaño. ¿Sería un reflejo de la luz?

Moví la cabeza a un lado y a otro, pero aquel curioso destello seguía ahí. Me acerqué al espejo con los ojos entornados, y vi con espanto lo que parecía una cana. “¡Noooooo! ¡No puede ser!; ¡todavía soy joven!”, grité angustiada para mis adentros. Una vocecilla insolente me recordó que tan joven no era, que ya hacía unos añitos que mi abono transportes había mudado el naranja por el rojo.

Así que allí estábamos, frente a frente delante del espejo, solas las dos, una treinteañera y su primera cana. La arranqué con cuidado, pero el tirón no dolió tanto como la certeza de que antes o después le seguirían otras. La invasión había comenzado. La sostuve entre los dedos y me quedé mirándola espantada, considerando la posibilidad de hacerle algún ritual vudú para exorcizarla.

Lo malo es que yo de vudú, mal de ojo y esas cosas no sabía –ni sé– nada. Y para colmo entonces tuve que acordarme de esa superstición que dice que si te arrancas la primera cana, te saldrán muchas más de golpe. “¡Noooooo!” En fin, ya era demasiado tarde, y además a las mujeres siempre nos han rodeado ese tipo de creencias irracionales, así que yo nunca las había tenido muy en cuenta. Mi preferida es una que me contó mi madre hace tiempo.

A los doce años iba con otras niñas a casa de una señora que les enseñaba costura, y ésta siempre les advertía –con muy malas pulgas– que no se acercasen siquiera a sus macetas, no fueran a estropeársele las flores. Y es que, según el mito popular, si ha venido a visitarte “la mujer de rojo” y tocas una planta, a los pocos días ésta se pondrá mustia. Sea verdad o no, lo cierto es que tiene su sentido que en inglés lo llamen the curse, “la maldición”. Yo siempre digo en broma que es la forma que tiene la Naturaleza de recordarnos cada mes nuestra condición de mujeres… ¡Cómo si se nos pudiera olvidar!

Volviendo a mi primera cana, decidí que no me iba a agobiar por una superstición, pero inmediatamente me encontré imaginándome con muchas más, calculando mentalmente cuándo tendría que empezar a usar un tinte, y deprimiéndome porque aquello era “el principio del fin”, porque a partir de ahí todo iría cuesta abajo. Había desperdiciado mi juventud quejándome de esto y de lo otro, sintiéndome una incomprendida, y…

Mi Pepito Grillo, que estaba escuchándome, puso los ojos en blanco, meneó la cabeza, y murmuró algo así como que era “la reina del melodrama”. Vale, lo reconozco: un poco agonías sí que soy.

No podía dejarme amedrentar por una cana, me dije, y decidí que iba a ser como esas mujeres que envejecen con dignidad. Cuando empezasen a salirme más me recogería el pelo con una coleta, a lo Jane Goodall, y me iría a la selva a estudiar el comportamiento de los chimpancés. O… pensándolo mejor, tal vez no, pero me hice la solemne promesa de que no iba a teñirme el pelo cuando eso ocurriera. No iba a esconder mis canas: las luciría con orgullo.

A la mañana siguiente me levanté con ánimos renovados. Al mirarme al espejo no había canas a la vista, lucía un sol radiante, y me dije que quizá lo del día anterior sólo hubiese sido un mal sueño o una falsa alarma. La mañana avanzó con normalidad, y todo iba rodado hasta que por la tarde decidí acercarme al Corte Inglés a recoger un pantalón que había dejado para que me cogieran el bajo.

Claro que ya se sabe cómo son esas cosas: al final acabas tirándote allí más de dos horas, recorriéndote todos los departamentos y, en mi caso, acabas en la sección de libros o en la de papelería, donde están también los materiales de dibujo y pintura. Me encanta pasearme por allí, entre el olor de los lápices, los lienzos, los tubos de óleo…

Normalmente no compro nada; sólo miro y me torturo un poco porque, aunque los precios son prohibitivos y mi bolsillo nunca anda muy boyante, tengo un punto masoquista. Pero ese día había una gama nueva de frasquitos de tinta de varios colores, a cuál más bonito, y después de mucho dudar decidí que no podía irme de allí sin uno de un rojo cereza brillante del que me había quedado prendada, y otro de color malva.

Así que, toda contenta con mis frasquitos de tinta, me dirigí a la caja después de amordazar al “pequeño saltamontes”… bueno, al grillo de marras, que para el caso es lo mismo.

–¿Efectivo o tarjeta? –me preguntó lacónica la dependienta, una mujer con gafas, que rondaría los cincuenta.

–Tarjeta.

Dejé en el suelo la bolsa con el pantalón para sacar de mi bolso el monedero, y le di la tarjeta y también el DNI, un tanto a regañadientes porque en la foto salgo con una cara de pena que dan ganas de darme una limosna. La dependienta arrancó el ticket, y me lo entregó junto con su correspondiente copia. La firmé, le devolví el bolígrafo, me guardé la tarjeta, el carnet y el ticket, y me alejaba ya tan feliz con la bolsita de mis dos frascos de tinta cuando oí a mis espaldas:

–¡Señora, que se deja la bolsa!

“¿Señora? ¡¿Señora?!”, iba pensando momentos después presa de la indignación, mientras me dirigía a la salida con paso enfadado y casi sin mirar por dónde iba. “¿Cómo ha podido llamarme “señora”? ¡Sólo tengo treinta y tres años! ¡Estoy en la flor de la vida!”

Prácticamente iba resoplando de ira al cruzar la calle, hacia la parada del autobús, como una dragona furiosa. Sólo me faltaba echar humo por la nariz para carbonizar de una llamarada a quien se hubiese atrevido a interponerse en mi camino. “¡Señora…! ¡Cuando menos “señorita”! …aunque sea una distinción machista.”

¿Qué se suponía que tenía que hacer para aparentar la edad que tenía?, ¿vestir siempre vaqueros y deportivas? ¿Llevar camisetas de AC~DC?

Una media hora después entraba en el portal de mi bloque arrastrando los pies, totalmente deprimida. Vi que bajaba un crío por las escaleras, así que sostuve la puerta, pero justo cuando iba a salir se paró y me dijo:

–Perdone, ¿tiene hora?

Se me habían puesto las antenas tiesas al oírle hablarme de usted, pero pensé: “Qué chavalín tan formal… De éstos ya quedan pocos”, y miré mi reloj de pulsera.

–Las ocho menos cuarto.

–¡Gracias, señora! –contestó muy pimpante, antes de cruzar la puerta.

Lo fulminé con la mirada mientras se alejaba. ¡Pequeño monstruo…! ¡Renacuajo asqueroso…!

Al entrar en casa me fui derecha al baño para mirarme en el espejo, temiendo que se me hubiese puesto la mitad del pelo blanco, estilo Cruela de Vil. Respiré aliviada: no, todo estaba en orden. Entonces, ¿por qué?, ¡¿por qué?!

Pegué la nariz al espejo y escudriñé mi reflejo con ojo crítico. ¿Había cambiado algo en mi cara?, ¿serían las ojeras de haberme acostado tarde la noche anterior? De pronto me fijé en dos pequeñísimos lunares que tenía en la mejilla derecha. ¿Habían estado siempre ahí y no me había fijado antes en ellos? ¿Me estaba volviendo paranoica? Quizá fueran manchas de la edad, me angustié, pensando en esas ancianas que tienen las manos todas arrugadas y el dorso salpicado de manchitas marrones. ¡Noooo!

¡Un momento!, ¿qué eran aquellas marquitas en las comisuras de mi ojos? Eran como arruguitas… parecían… Mi horror se convirtió en fascinación por un momento mientras seguía el contorno con la yema del dedo meñique. “Dios…”, pensé con el rostro contraído, “ahora entiendo por qué lo llaman «patas de gallo»…”. Era como si las patitas de un gallo en miniatura estuviesen a punto de salir de debajo de mi piel.

Iba camino de convertirme en una de esas mujeres de los anuncios de cosméticos, con la cara más agrietada que el suelo de un paraje desértico. Tenía que hacer algo, y rápido.

El día siguiente por la tarde fui al arsenal de armamento antiedad –léase la farmacia–, y le pedí a la farmacéutica que me aconsejara. Me quedé abrumada con la cantidad, la variedad… ¡y el precio! de los productos rejuvenecedores que me empezó a poner sobre el mostrador: con colágeno, con retinoides (¿eh?), en ampollas, en crema, para dar luminosidad, para dar elasticidad, para la noche, para el día, lápices reparadores (¿reparadores?) de líneas y arrugas… No había duda de que la industria cosmética estaba haciendo todo un negocio a nuestra costa. La farmacéutica, que debió de ver lo abrumada que estaba, se apiadó de mí y me llenó una bolsa con varias muestras de distintas marcas para que las probara y me lo pensara antes de decidirme.

Esa noche me senté en mi cama al estilo indio y vacié la bolsa sobre el edredón. Empecé a leer las indicaciones y composición de los sobrecitos, cajitas y botes. Todos tenían en común el lema “dermatológicamente testado”, y fruncí el ceño al pensar en los pobres animales de laboratorio con los que habrían probado todos esos potingues.

Me imaginé esclava de esos productos antienvejecimiento por el resto de mis días, el monótono ritual de aplicarlos cada noche, tener que ir a por “refuerzos” cada vez que se agotaran… Y me pregunté si merecía la pena. Me bajé de la cama y fui a mirarme en el espejo de pie que tengo junto a la puerta. Sería como intentar frenar los efectos del paso del tiempo, como tratar de contener un caudaloso río con una ridícula presa.

Bien mirado, hasta el día anterior ni me había dado cuenta de que me estaban saliendo las temidas “patas de gallo”, y cada día, sin que nos enteremos siquiera, mueren en nuestro cuerpo millones de células. ¿Por qué agobiarme?, pensé, en vez de perder el tiempo tratando de impedir lo inevitable, debería volcarme en hacer las cosas que siempre había querido. Entonces recordé una frase que alguien había escrito en la tarjeta de felicitación que recibí el año anterior por mi cumpleaños, y mis labios se curvaron en una sonrisa: “Disfruta de la vida; nunca serás tan joven como lo eres ahora”.

¿Tienes algo que decir?

notificarme si...
wpDiscuz