¿en qué creer?

El drama de nuestros días es que la mayoría de nosotros ya no sabemos en qué creer ni qué creer. Uno tiene la sensación de que todo era más sencillo, menos complicado, cuando de niños aceptábamos las cosas como eran, o como nos decían que eran, aunque luego no lo fueran.

Hoy no se puede estar seguro de si un alimento engorda o no, ni de si Dios existe o aparecimos aquí por una explosión cósmica. En las revistas lees una cosa un día, y al siguiente la contraria. Parece que los investigadores hallen una satisfacción malévola en tirar por tierra las teorías de otros.

Y lo gracioso es que probablemente no importe demasiado quién lleve la razón, si es que alguien la lleva. Todo es relativo. Hubo un tiempo en que los dogmas de fe pesaban más que la lógica, y aunque por fortuna eso ha cambiado, causa tristeza, o más bien melancolía, que se releguen o desprecien por gris pragmatismo, o por la fría indiferencia tan de moda, creencias y valores que, si bien ingenuos, no hacen mal a nadie, sino todo lo contrario.

A veces parece que no haya sitio para Dios en nuestras vidas. Ha surgido un ejército de beligerantes ateos que pretenden liberarnos del, según ellos, pueril esclavismo a un ser superior imaginario que la Iglesia ha esgrimido durante siglos para meternos miedo y mantenernos bajo su yugo con la amenaza del infierno.

Pero ya no estamos en la Edad Media, y hoy cada cual cree (o no) en lo que quiere. Si a alguien le reconforta pensar que hay un Dios que nos cuida, o tiene fe en su Virgen del Carmen o en su estampita de Fray Leopoldo de Alpandeire, ¿por qué tiene que venir nadie a intentar hacerle renegar de esas creencias? Máxime cuando lo único que le ofrecen a cambio es la nada —fría, aséptica, silenciosa.

Esta gente no entiende que hay algo romántico y sentimental en torno a Dios, algo que la ciencia jamás podrá sustituir. Hay un misterio cálido en la Navidad, en los ángeles de la guarda, en las oraciones y en la intimidad de una iglesia vacía.

Gracias a la ciencia vivimos mejor, nos dicen, aunque en ocasiones, al mirar a su alrededor uno lo pone en duda. Contamos con métodos más rápidos y fiables en campos donde antes dependíamos del esfuerzo y los conocimientos tradicionales —que por desgracia se están perdiendo—, pero no por ello somos más felices. El tener un i-Phone, una BlackBerry, o un coche con prestaciones que responden a un creciente número de siglas como ABS, GPS o TDCi no nos consuela cuando nos quedamos sin trabajo o cuando tenemos enfermo a un ser querido.

Vivimos sin rumbo, afanados en los quehaceres del día a día, reuniendo dinero para gastarlo en ropa nueva de la que pronto nos cansamos, en un móvil más caro con decenas de funciones que no utilizamos, en viajes a otros lugares que no disfrutamos porque estamos demasiado ocupados haciendo cientos de fotografías con nuestras cámaras digitales y tratando de cumplir a toda costa con el cupo de visitas obligadas a los monumentos.

Cuando un problema, una enfermedad o una desgracia irrumpe en ese ritmo vertiginoso nos sentimos perdidos, como náufragos arrojados a una playa de desesperanza con un puñado de artilugios inútiles que no nos ayudarán a volver a casa. Entonces nos encontramos con que no tenemos dónde asirnos, a qué aferrarnos. Cuando todo va bien nos creemos invencibles y nos alejamos de nuestro centro, seducidos por los cantos de sirena de cosas superfluas que pensamos que nos darán la felicidad: éxito, dinero, popularidad…

¿Por qué buscamos tan lejos y nos esforzamos por cosas que no nos llevaremos de este mundo? Hay un rincón olvidado, dentro de nosotros, que espera a ser descubierto. Aunque es difícil, seríamos más felices si creyéramos, ante todo, en nosotros mismos, porque llegamos solos y nos iremos solos. Seríamos más felices si en vez de luchar en batallas inútiles tratásemos de sacar al ser único que llevamos en nuestro interior, llegar a ser lo que somos en potencia, lo que podemos ser independientemente de cuánto dinero o posesiones tengamos o de quiénes seamos.

E igual de importante es elegir bien a nuestros compañeros de viaje. A menudo hacemos lo imposible por agradar e impresionar a gente que al día siguiente pasará a nuestro lado sin mirarnos siquiera, y que nos dejará solos en los momentos difíciles. Los verdaderos amigos son quienes nos aceptan como somos, quienes no intentan cambiarnos, quienes se interesan por nosotros de corazón, de un modo desinteresado.

Y la familia, hoy tan poco valorada por algunos, que la que ven como algo que nos ata y que nos lastra, puede darnos apoyo y refugio. La familia es el nexo de unión entre unas generaciones y otras, es como una cadena, y si se rompe acabaremos siendo eslabones sueltos que no forman parte de nada. Un puente necesita de varias piedras.

¿Puede decirse, como aseveran algunos, que el mundo se divide en quienes creen en algo y quienes no creen en nada? Debe ser desasosegante no creer en nada, mirarlo todo con recelo y suspicacia. Yo creo que el ser humano siempre cree en algo, aunque sea de forma inconsciente, aunque no se le revele hasta un momento en el que todo parezca estar en su contra. Necesitamos creer en algo, necesitamos un punto de apoyo. Cada cual elige el suyo, y sólo el tiempo dirá si eligió bien.

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