aviso

Gracias por pasarte por aquí. Acabo de “mudarme” y aún estoy “desembalando” y decidiendo qué contenidos quiero poner en las “estanterías” y de qué me quiero deshacer, así que no te extrañe si está esto aún un poco vacío.  😉

Cuidadito con lo que dices…

La señora Doubtfire. (“Cuidadito con lo que dices, que te atizo con el plumero…”)

No me gusta que me llamen “señora”. De hecho, me pone de muy mala uva, y aunque sé que es algo irracional, no puedo evitarlo.

Ya me cayó malamente que empezaran a hablarme de usted al llegar a los treinta, pero lo de “señora” es aún peor.

Una tía mía, que fue soltera toda su vida, se sentía muy ofendida cada vez que la llamaban “señora”, y exigía que se dirigieran a ella como “señorita”. Hoy en día las feministas consideran machista la distinción entre esos dos términos, pero a mí, entre que me llamen lo uno o lo otro, prefiero “señorita” porque, independientemente del estado civil, suena a joven.

Tampoco me gusta que en español el equivalente actual de “caballero” sea “señora” (como en “peluquería de caballeros/señoras”). ¿Por qué no “dama”, o al menos “madam“, como en inglés? “Señora” suena mundano, prosaico, vulgar.

De hecho, a menos que un desconocido tenga que llamarte, pongamos que porque se te ha caído algo y estás de espaldas, no hace falta que te llamen de ninguna manera. Lo digo porque, por ejemplo, hay camareros que al decirles “Adiós, gracias” cuando sales del restaurante, te responden con un “Adiós, señora”. Casi parece que lo hicieran aposta, para fastidiar, y te entran ganas de responder con mala baba: “Adiós… camarero“.

Y la verdad es que todo viene de un poco más atrás, de cuando pasas de ser una “chica” a ser una “mujer”. Recuerdo que en mi adolescencia me dio mucha risa un día leer un anuncio en una revista femenina que decía: “Chica de 53 años busca amigas en…”. Me pareció ridículo que alguien de esa edad se definiese como una “chica”, pero ahora me sabe mal haberme reído de ella. Me falta aún unos cuantos años para llegar a esa edad, pero ahora comprendo por qué lo escribió.

Hay un personaje de la película Amor y letras (Liberal Arts), el viejo profesor Peter Hoberg, que le dice al protagonista en un momento dado: “¿Sabes qué edad siento que tengo? Diecinueve años. Desde que cumplí los diecinueve nunca me he sentido más mayor. Pero cuando me afeito y me miro en el espejo me veo obligado a decirme: «Ése del reflejo no tiene diecinueve años». Nadie se siente adulto, pero no nos atrevemos a admitirlo“.

Yo tengo la sensación de que, en esencia, soy la misma persona que cuando tenía veintidós años. He ido descubriendo algunas cosas que entonces desconocía, y he aceptado realidades con las que jamás creí que pudiera llegar a comulgar, pero no soy tan distinta de como era entonces. Me han salido algunas canas y no tengo las mismas energías ni las mismas ilusiones que tenía entonces, pero no me siento distinta, ni tampoco más mayor. Por dentro, en mi mente y en mi alma, me siento exactamente igual. De hecho, se me hace rarísimo pensar que hace ya más de quince años que terminé la universidad. Parece que fue ayer…

Y, quizá porque sigo soltera, me siento más próxima a los universitarios que a esa gente de mi edad que sólo habla de hipotecas, hijos, trabajo…

Hay personas que tienen mucha prisa por crecer, pero yo nunca la tuve, y la idea de convertirme en “mujer” era algo que asociaba con obligaciones, problemas, e imposiciones, y me apetecía tanto como que me sacaran una muela.

Durante mucho tiempo me resultó surrealista el solo pensar: “Soy una mujer”. Tal vez por esa frase estúpida y cliché de las películas (“Nuestra hija ya es una mujer”) cuando a la chica en cuestión le viene su primera regla.

De hecho, si acabé por aceptar y abrazar finalmente el concepto de “mujer”, probablemente fue gracias a la época “feminista” (que no feminazi) por la que pasé entre el bachillerato y mis primeros años de universidad. Leí mucho sobre las sufragistas, sobre las primeras feministas, y un libro sobre las mujeres en la Historia (A History of their Own, volumen 1) que me hizo darme cuenta de lo oprimido que había estado nuestro género. Experimenté de inmediato un vínculo de hermandad con todas esas mujeres injustamente tratadas, y la ira me llevó a sentir cierto orgullo de ser mujer, de poder hacer cosas que otras no pudieron hacer siglos atrás.

Pero el mal de nuestro tiempo, la exaltación de la juventud y el desprecio hacia las edades madura y marchita, hace que me siga costando aceptar que me llamen “señora”. No quiero que, sintiéndome como me siento joven por dentro —que es lo que lo que de verdad importa como todos bien sabemos—, venga nadie a colocarme esa etiqueta. Y aunque supongo que no me queda otra que acostumbrarme, me resisto. No quiero ni pensar cómo me sentiré si algún día me llaman “vieja”…

P.S.: El otro día me reí muchísimo con este anuncio que me enseñaron, por lo bien que refleja el modo en que una se siente cuando empiezan a llamarla “señora”, aunque dudo que la solución sea un tinte de pelo para cubrir las canas… 😀

 

El dragón de Jano

El dragón de Jano [Hanno malt sich einen Drachen] (1978), ediciones SM
Autor: Irina Korschunow; traductora: Carmen Bas; ilustrador: Jesús Gabán
ISBN: 978-84-348-2205-9 || Edad recomendada: a partir de 7 años
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Sinopsis: Jano no quiere ir al colegio. No tiene amigos, uno de los niños de su clase se mete con él porque está gordo, y acaba por creer que no vale nada.  Se siente acomplejado, solo, tonto e inútil.  Pero un día ocurre algo inesperado cuando se sienta en un parque y empieza a dibujar con una ramita en el suelo: sus garabatos cobran vida y aparece un pequeño y simpático dragón que se convertirá en su amigo y lo empujará a superar sus límites. 

“El dragón de Jano” trata un tema esencial en el desarrollo infantil: la autoestima, la confianza en uno mismo. Cuando somos niños no disponemos de los mecanismos necesarios para defender nuestra individualidad, y a veces la falta de autoestima puede llevarnos a callar, agachar la cabeza y creer que no valemos para nada.

Ése es el problema de Jano, que se ve incapaz de enfrentarse a Ludwig, un bravucón de su clase que lo ha convertido en el objeto de sus burlas porque está gordo.

Jano pierde las ganas de hacer cosas, de aprender, y va al colegio triste y desanimado. Pero todo cambia cuando una tarde, de vuelta a casa, se sienta en un parque, se pone a hacer garabatos en la arena con un palo y, para su sorpresa, su dibujo se convierte en un pequeño dragón, un dragón de verdad que se mueve y habla.

El dragoncito viene a ser una especie de hada madrina para Jano, pero no soluciona sus problemas por arte de magia, sino que lo empuja, con su curiosidad, a demostrarse que puede hacer las cosas de las que se creía incapaz, y le hace ver que no debe dar por válido lo que otros piensen de él.

Es una historia sencilla, con la estructura de repetición de los cuentos tradicionales que tan bien funciona con los niños y tanto les gusta: el dragoncito descubre, una tras otra,  cosas que despiertan su curiosidad (leer, escribir, trepar a un árbol…) y, pese a la negativa inicial de Jano a enseñarle —pues está convencido de que esas cosas no se le dan bien—, el dragón insiste hasta que cede, y el niño acaba dominándolas a fuerza de practicarlas —divirtiéndose además—, y va ganando confianza en sí mismo.

El dragoncito es tan tierno, animoso y simpático, que te hace desear que uno hubiera aparecido también en tu camino de niño. ¡Cuántos bien le haría a muchos niños un amigo así, que les dé confianza en sí mismos! Y, aunque hay quien prefiere los libros sin ilustraciones para imaginarse todo a su gusto, yo no podría imaginarme este libro sin las ilustraciones de Jesús Gabán, sobre todo sin la de la contraportada de la edición antigua (ésta que pongo a la derecha). ¿A que mirándola te entran ganas de tener por mascota a un dragón? 😉

 

Lili, Libertad

Lili, Libertad (Premio El Barco de Vapor 1995)], editorial SM
Autor: Gonzalo Moure Trenor
ISBN: 978-84-348-5066-8 || Edad recomendada: a partir de 12 años
Encuéntralo en tu librería más próxima. También disponible en e-book.
Sinopsis: Lili (diminutivo de Libertad), una niña tímida, acaba de mudarse a la ciudad con su madre. No le gusta la ciudad, y se siente muy sola porque en el colegio aún no ha hecho amigos. Un día su profesor les dice que todos deben ir disfrazados el lunes de Carnaval, y a Lili le encantaría ir de bailarina, pero con su madre le cuesta hablar porque últimamente está siempre muy ocupada, o absorta en sus pensamientos, y no encuentra el momento de decírselo. Necesita ese disfraz y sólo faltan unos días. No quiere ser la única que vaya sin disfraz…

Éste es un libro redondo. Si tuviera que puntuarlo le daría un 9, y si no le doy un 10 es por un pequeño detalle del final que estoy segura que a los niños que lo hayan leído (o vayan a leerlo) les habría gustado ver escrito, y lo sé porque aunque yo lo leí ya de mayor, la niña que llevo dentro lo ve así. 😉

El libro es tan entrañable en todos los sentidos (el tono de la narración, los personajes, la historia en sí) que enseguida te encariñas con él, y cuando lo recuerdas, tiempo después, siempre te hace sonreír por dentro.

La narración es una historia dentro de otra historia: el autor ha ido a dar una charla a un colegio de un pueblo, y la directora, una mujer joven, lo invita al almorzar, y empieza a contarle una historia, la de la pequeña Lili, que lo engancha desde el primer momento, tanto por la historia en sí, como por el misterio que envuelve a la narradora.

El tono de esa narración que enmarca la historia central, la de Lili, es evocador, y dibuja un ambiente creíble y relajado en el que se paladean hasta los silencios. Y esas escenas entre el autor y la directora, aunque se intercalan con la historia principal, no se sienten como cortes abruptos, sino como pequeños descansos, que además hilan un pequeño misterio que no se resuelve hasta el final del libro.

Ese mismo tono evocador se mantiene en ciertos momentos de la narración de la historia de Lili, pero se entrelaza con otro tono simpático y cómplice que nos acerca a los ocurrentes pensamientos y observaciones de la imaginativa protagonista, que, por ejemplo, llama a la ciudad “Sopasosa” y ve cómo se dibujan, mágicamente, palabras en el pelo rizado de una compañera de clase, Pepa.

Los demás personajes, todos especiales a su manera, añaden encanto a la historia: “Pepalabras”, la simpática y regordeta pelirroja, compañera de Lili; Héctor, el orgulloso y leal gitanillo, otro niño de la clase; don Mauricio, el profesor estricto que no siempre lo fue; la estrafalaria pero bondadosa abuela Valeriana…

Y luego está la historia en sí, una historia sencilla pero muy bonita, una especie de alegoría de que uno debe defender sus propias convicciones, aunque todo este en nuestra contra, aunque se rían los demás o nos miren como a bichos raros. Porque cuando Lili decide que no le importa lo que piensen los demás, cuando hace lo que le sale de dentro, se siente libre, y todo empieza a cambiar.

[Para no estropearle a nadie el final del libro, en el siguiente párrafo he escondido parte del  texto escribiéndolo con color blanco. Para leerlas, selecciona con el cursor el texto entre los dos asteriscos.]

Para un lector adulto el final es absolutamente perfecto, pero a mí me parece que habría tenido el colofón perfecto si * el profesor hubiese entrado por la puerta disfrazado también *. Es lo que yo me imaginé al leer las últimas palabras de la historia, y en mi mente es lo que ocurrió, pero me habría encantado verlo escrito sobre el papel. 🙂

P.D.: También hay otra cosa que echo en falta: unas cuantas ilustraciones. Este libro pide ilustraciones; me imagino unas ilustraciones preciosas de las palabras en el pelo de Pepa, del gitanillo y ella disfrazados, de Lili avanzando por el pasillo del autobús con su tutú…

Jessie Willcox Smith

Éstas son algunas obras de Jessie Willcox Smith (1863–1935), una de las ilustradoras más importantes de los Estados Unidos, y una de mis artistas favoritas. Me encanta cómo retrataba el universo femenino a través de los quehaceres domésticos, con un toque hogareño y entrañable, o la maternidad, con una ternura especial, aunque sea un enfoque que quizá hoy se consideraría demasiado tradicional, y, como contrapunto, esas imágenes de niñas con un aire de obstinación, como la de la pequeña sentada en su pupitre de colegio, o intrépidas, como esa otra que hace equilibrios en un tablón.

los 79 cuadrados

Los 79 cuadrados [The 79 squares (1979)], editorial Alfaguara
Autor: Malcolm J. Bosse; traductor: Héctor Silva Miguel
ISBN: 978-84-204-4065-1
Estado: agotado; se puede comprar de 2ª mano en
La Casa del Libro
Sinopsis: Eric es un chico de catorce años que está pasando por la fase de “rebelde sin causa”. Apenas ha vivido y entiende el mundo a medias, pero cree que sabe más que los demás. Todo lo irrita y lo hastía, siente que sus padres no lo comprenden, y se junta con unos gamberros a los que imita para no parecer débil y acaba metiéndose en líos. Pero su vida da un giro radical cuando conoce a un extraño anciano, el señor Beck, un ex-convicto, que le hará replantearse todo.

Los 79 cuadrados es un libro que toca temas esenciales en el desarrollo personal, como la necesidad de afirmar nuestra individualidad ante las actitudes “de rebaño”. Refleja con realismo cómo muchos chicos se esfuerzan por encajar en el grupo, plegándose a lo que diga el líder —a quien todos admiran aunque no tenga nada de admirable y se muestre despótico e insensible—, en vez de ser ellos mismos y tomar sus propias decisiones.

Eric está hecho un lío en esa dura transición de la infancia a la adolescencia, y es muy interesante observar el constante diálogo interno que tiene consigo mismo, debatiéndose entre el comportamiento que cree que debe tener para ser aceptado por el grupo, y lo que según su conciencia es lo correcto.

Mediante el peculiar ejercicio que el viejo señor Beck propone a Eric, éste empieza a tomar mayor conciencia de sí mismo y de lo que lo rodea. Por ejemplo, al llevar a cabo un acto cruel, aunque todavía le cuesta renunciar a la sensación adictiva de poder que le proporciona, sí se da cuenta de lo que está haciendo no está bien.

El trato con el anciano también le hace reflexionar sobre la vejez, le enseña el verdadero valor de la amistad, y que no se puede juzgar a la ligera, como el motivo por el que señor Beck estuvo en prisión, y que el autor no suaviza de ningún modo, permitiendo que sea el lector, igual que Eric, quien saque sus conclusiones y decida qué pensar de él.

Pero quizá lo más llamativo que enseña este libro es a mirar. ¡Cuántas veces habremos visto todo lo que nos rodea sin mirarlo de verdad! Es algo muy sencillo, y a la vez fascinante. Basta con tomar un objeto cotidiano que estemos hartos de ver y mirarlo con detenimiento, sin prisa, fijándonos bien en cada uno de sus detalles, para maravillarnos y darnos cuenta de que hay mucho más en él, en cada una de las cosas y personas a nuestro alrededor, de lo que salta a la vista.

revivir libros

Varios de mis libros preferidos, libros que leí en mi infancia o adolescencia, están agotados, y probablemente hasta descatalogados, o sin visos de reedición en un futuro no muy lejano. Me apena pensar lo que se pierden muchas personas a quienes les gustarían, pero no los leerán.

Y me he acordado de un artículo de 2007 que me encontré el otro día, breve pero curioso, en el que el autor establecía un paralelismo entre la vida de las personas y la de los libros. Decía que reeditar un libro es como devolverlo a la vida, y yo me encontré preguntándome por qué, en la era digital en la que estamos, no se reeditan al menos los libros descatalogados en formato e-book.

A la editorial no sólo no le costaría nada —ni gastos de impresión, ni de almacenamiento, ni de distribución, ni de promoción—, sino que además le reportaría beneficios. Si son libros que la editorial no se plantea volver a publicar en papel, ¿por qué no darles una oportunidad en esa otra vida digital, en vez de condenarlos al limbo?

Hay libros que no deberían dejar de reeditarse porque pueden hacer mucho bien, porque tienen mucho que decir y que enseñar, mucho que compartir con nosotros, y silenciarlos en vez de seguir difundiéndolos es como sumir en la oscuridad lugares que antes inundaba la luz.

cuando te relajas…

Siempre me ha gustado dibujar y en mi adolescencia fantaseaba con la idea de llegar a convertirme en ilustradora, pero acabé abandonando ese sueño porque me frustraban mi afán de perfeccionismo y mi falta de técnica. Estos dibujos los hice hace un par de años, a petición de mi hermana, que por aquel entonces colaboraba como voluntaria en un centro de acogida, ayudando a los niños con sus tareas del colegio. En concreto los hice para una niña que estaba aprendiendo a leer. Hacía ya un tiempo que no cogía un lápiz, y disfruté haciendo estos dibujos rápidos porque no me preocupé por el resultado ni me obsesioné con hacerlos perfectos. Es algo que me cuesta mucho y estoy intentando cambiar. Cuando te relajas las cosas fluyen.  😉

el aula voladora

El aula voladora [Das fliegende Klassenzimmer (1933)], Salvat-Alfaguara
Autor: Erich Kästner; traductora: Carmen Seco Permuy
Ilustrador: Walter Trier
ISBN: 978-84-345-8627-7
Estado: agotado; se puede comprar de 2ª mano en Iberlibro
Sinopsis: Este libro narra las aventuras de cinco chicos de entre doce y trece años, amigos y compañeros de clase en un internado alemán en la década de 1930: el inteligente Martin, que detesta las injusticias, el callado pero perspicaz Johnny, Matthias, un grandullón bondadoso, el sensible y tímido Uli, y el sarcástico e ingenioso Sebastian. Falta muy poco para la Navidad y van a representar, ante los profesores y el resto del alumnado, una divertida obra de teatro escrita por Johnny —El aula voladora—, pero los ensayos se ven interrumpidos cuando se desata una “guerra” entre su clase y los chicos de otra escuela.

El aula voladora divierte, conmueve y te hace reflexionar. ¡Hay tantas cosas de esta obra de Erich Kästner que me gustan! Para empezar el prólogo, que establece el tono de todo el libro: un tono cercano y salpicado de comentarios jocosos del autor, que sin embargo se detiene también en reflexiones que sorprenden por su profundidad y lo atinadas que son, a pesar de las palabras sencillas que usa.

Otro punto fuerte del libro son los temas que trata, y cómo conmueve sin ser moralista: la amistad, el valor, la familia, la justicia templada por la compasión, la culpabilidad cómplice cuando no se interviene, y la enseñanza de que la violencia nunca debe ser el medio para resolver un conflicto.

Destaca además por los personajes, con los que uno empatiza de inmediato, y a los que Kästner da profundidad con unas pocas pinceladas, retratándolos sobre todo por la reacción que tienen ante los acontecimientos que se producen en la historia.

Y también me gusta mucho el hábil recurso del pequeño “resumen” al principio de cada capítulo, que sirve, igual que el menú en un restaurante, para abrirle el apetito al lector.

Historia personal (no sigas si aún no has leído el libro 😉 )  Continue reading